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Lo que nos interesa no es cuál de los candidatos «es el mejor», sino saber quién puede guiar en forma adecuada un proceso que nos lleve a todos a lograr lo que necesitamos.

Estamos a menos de diez días de las elecciones presidenciales. Y junto con ello también elegiremos diputados, senadores y consejeros regionales, un conjunto de personas que tendrán a cargo entregar lineamientos e implementar acciones que definan el futuro del país en términos sociales, económicos y políticos. Una gran responsabilidad que implica ser capaz de aglutinar, convocar y liderar a toda una nación reconociendo las inquietudes y anhelos colectivos e individuales. ¿Pero es eso lo que estamos viendo reflejado últimamente? ¿Son realmente líderes los que día a día nos intentan convencer de que «su fórmula» es la más adecuada para lograr vivir como supuestamente todos queremos?

De hecho, lo primero es preguntarse, ¿saben cómo es que realmente queremos vivir? ¿Saben cuál es realmente el país que cada uno de nosotros sueña? Si la respuesta a estas preguntas es un «no», como pareciera ser, entonces ¿cómo podrían estar en sintonía sus propuestas con la legítima expectativa de cada uno de los votantes?

Lo anterior pone de manifiesto una necesidad fundamental en estos tiempos: reivindicar el concepto de liderazgo, darle la verdadera importancia que tiene no sólo en términos conceptuales sino también en lo que implica en términos prácticos y reales para millones de chilenos. Un verdadero líder hace que las personas se motiven, un verdadero candidato líder debiera lograr que aumenten las ganas de participar en un evento como el del próximo 21 de noviembre. ¿Se logrará esto?

Qué bueno hubiese sido que al momento de manifestar la intención de liderar un país, nuestros candidatos tuviesen claro que esto no se trata de convencer que su plan es importante para todos. Tampoco de hacernos creer que todos necesitamos lo mismo. Somos seres individuales, con requerimientos particulares, y por tanto con objetivos distintos de los demás. Lo que nos interesa no es cuál de todos los candidatos «es el mejor», lo que realmente nos mueve es saber quién puede guiar adecuadamente un proceso que nos lleve a todos a conseguir lo que queremos y necesitamos. Se trata de cómo potenciar las fortalezas individuales para poder trabajar colaborativamente. ¿Hemos visto esta preocupación en nuestros candidatos? ¿O más bien pareciera ser que lo importante es resaltar las supuestas ventajas que uno tiene sobre el otro? Ventajas que por cierto son subjetivas, porque dan cuenta de la percepción individual que se tiene sobre lo que es bueno, malo, adecuado o no.

Liderar no es sólo dirigir, mandar o ser la cara visible de un proyecto; es todo eso y más. No se trata de empoderarse de una autoridad recibida automáticamente por el solo hecho de asumir el «cargo» de candidato. Tampoco de invalidar la opinión de los demás porque no vivieron un momento de la historia que ellos consideran vital o porque no han asumido en sus vidas roles que para ellos son fundamentales. Ya a mediados de la década de los 70, Hersey y Blanchard planteaban un modelo de liderazgo denominado teoría situacional. Lo determinante aquí, era precisamente el contexto o la situación en un momento determinado y cómo esta influía en el estilo que debía adoptar un líder para potenciarse y tener un comportamiento realmente efectivo. Cuarenta años después pareciera ser que aun la mirada no se vuelca a la situación ni a las personas, sino sigue primando el «yo».

Michelle Tobar Ramírez, Facultad Ciencias Económicas y, Administrativas, Universidad de Concepción,-