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El «impuesto inflación» que se ha instalado en nuestra economía nos pasará la cuenta, en la desvalorización de los salarios, que se hace presente por la pérdida de su poder adquisitivo.

La pandemia que ha afectado al mundo ha dejado a su paso, devastadores efectos no solo en el ámbito sanitario, sino que, además, desajustes importantes en lo económico y en lo social, con disrupciones en las cadenas de producción, abastecimientos y pagos, sumado a altas tasas de desempleos. Frente a esto, las autoridades del mundo, al igual que nuestro país, han hecho uso de políticas fiscales y monetarias expansivas para reactivar sus respectivas economías.

No obstante, por el lado de la oferta, estas disrupciones, han generado mayores costos de transporte y cuellos de botellas que han provocado aumento en los precios de las materias primas, los combustibles, asociado a una mayor demanda de commodities, destacando el petróleo y un tipo de cambio que se ha mantenido al alza a pesar del alto precio del cobre. Pero, nuestra economía ha mostrado un fuerte dinamismo, impulsada por los estímulos fiscales y monetarios, avances en el control de la pandemia y la capacidad de adaptación y resiliencia de la economía frente a las nuevas circunstancias.

Por el lado de la demanda, las transferencias provenientes del gobierno han sido vitales para recomponer los ingresos de las familias, vía IFE universal, sumado a los retiros de los fondos de pensiones, han generado impactos importantes en el ingreso disponible de las personas para solventar mayores gastos, potenciando fuertemente el consumo, en bienes durables preferentemente, como autos, celulares, televisores etc. Pero, también es cierto, que el incremento de la demanda para algunos productos ha agotado sus stocks, debido a dificultades en su producción, lo que ha generado aumentos en sus precios. Esta dinámica de alzas de precios se ha visto acentuada por la fuerte depreciación del peso respecto al dólar, que en lo que va corrido de este año la divisa ha aumentado en casi un 15%, lo que explica en gran parte el incremento de los precios de bienes importados.

Son estos factores, los que han llevado al Banco Central a encender las alarmas por los impactos que ya comienza a generar la inflación en nuestra economía, ya que los estímulos monetarios y fiscales utilizados han cumplido con el objetivo, y su permanencia en el tiempo ya muestra efectos contraproducentes por el exceso de liquidez y de gasto, que han agotado stocks en algunos sectores. Ello, en un contexto en el que la oferta en algunos sectores aún no ha logrado recuperarse completamente, generando presiones inflacionarias.

Por tanto, la persistencia del gasto del gobierno en transferencias, y un cuarto retiro de fondos de las AFP, puede llevar a tener que asumir un alto costo al país. Primero, por la cantidad de personas que han retirado todos sus fondos y al momento de jubilarse deberán acceder a la pensión básica solidaria financiada por el Estado. Segundo, el «impuesto inflación» que ya se ha instalado en nuestra economía también nos pasará la cuenta, debido a la desvalorización de los salarios, que ya está haciéndose presente por la pérdida de su poder adquisitivo.

Cuando la inflación adquiere una dinámica que se conjuga con factores que la retroalimentan, como el exceso de gasto, más allá de la capacidad productiva, genera incertidumbre asociada a cambios conductuales en el gasto, ya que muchas personas anticipan compras para evitar la pérdida de poder adquisitivo, en tanto que, las empresas podrían posponer inversiones debido a la incertidumbre e inestabilidad que es propia en economías que sufren con este flagelo. Es cosa de mirar lo que está pasando en Argentina y Venezuela.

Víctor Hernández Roldán, Facultad Ciencias Económicas y, Administrativas, Universidad de Concepción,-