El grafiti que vulneró el aeropuerto y la educación | FACEA UDEC

«Falta una reforma educativa que recupere la formación en valores sociales y patrimoniales desde la educación básica, que explique por qué es esencial cuidar museos, estaciones y monumentos.»

El reciente episodio en que un individuo ingresó a la losa del Aeropuerto Arturo Merino Benítez para rayar una aeronave y luego publicar esta «hazaña» en redes sociales, no constituye un hecho aislado ni una simple anécdota. Ese acto revela una falla profunda en la formación cívica y cultural de muchos jóvenes. Cuando la transgresión se presenta como logro y la notoriedad digital se convierte en una meta personal, aparece un problema educativo que supera la seguridad aeroportuaria.

No corresponde atacar la creatividad urbana ni negar el valor del arte callejero. El grafiti puede ser una forma legítima de expresión si existe contexto, permiso y responsabilidad. El problema aparece cuando la única vía de reconocimiento que algunos jóvenes encuentran consiste en la infracción. Rayar un avión, pintar vagones del Metro o vandalizar monumentos pasa a ser prueba de valentía y contenido para sus seguidores. Ese patrón muestra carencias en la educación formal y la escasa enseñanza sobre el patrimonio y la ausencia de oportunidades reales que orienten la creatividad hacia proyectos que beneficien a la comunidad.

Las consecuencias resultan prácticas y simbólicas. Vulnerar perímetros y dañar infraestructura aeroportuaria genera riesgos operativos, costos y la necesidad de reforzar controles que reducen libertades y recursos. En lo simbólico, se normaliza la desvalorización de lo público. Si los bienes comunes se perciben como lienzos disponibles para ser rayados con cualquier motivo, el sentido del bien público pierde fuerza. Además, cuando la viralidad premia la transgresión, se transmite un mensaje peligroso dado que la notoriedad momentánea vale más que el esfuerzo sostenido por metas personales y colectivas.

La respuesta no puede limitarse a medidas policiales o de seguridad. Hace falta una reforma educativa que recupere la formación en valores sociales y patrimoniales desde la educación básica, que incluya contenidos que expliquen por qué cuidar museos, estaciones, aeropuertos y monumentos resulta esencial; que inculque la relación entre patrimonio, identidad y desarrollo social como eje fundamental del crecimiento del país. Junto a ello, se requieren adicionalmente programas extracurriculares que ofrezcan alternativas reales como talleres de arte urbano regulado, proyectos comunitarios de restauración, convenios con instituciones culturales y espacios legales para la intervención artística. Las escuelas y liceos deben funcionar como puentes entre la creatividad juvenil y la responsabilidad social.

También resulta necesario elevar las expectativas. Los jóvenes no deben creer que dejar una pseudo firma artística en un avión constituye el logro más importante que pueden alcanzar. La educación debe ampliar horizontes, mostrar trayectorias posibles y ofrecer referentes que valoren el esfuerzo, la técnica y el aporte social. Si las metas permanecen bajas, la sociedad pierde talento y la mediocridad se instala como algo normal. Al contrario, si la meta consiste en ciudades más seguras, patrimonios preservados y jóvenes con proyectos de vida ambiciosos, la vía pasa por transformar la calidad de la enseñanza pública. No bastan parches ni condenas pasajeras en los medios de comunicación social. Se requiere una apuesta integral que combine contenidos académicos rigurosos con formación ética, educación patrimonial y oportunidades reales. Solo así dejarán de celebrarse estos actos de vandalismo como si fuesen gestos de heroicos y empezarán a celebrarse logros que realmente aporten al país.

 

Francisco Sepúlveda Laurence, Facultad Ciencias Económicas y Administrativas, Universidad de Concepción.

Columna opinión de El Sur, Viernes 05 de junio 2026