De aquí a la Luna | FACEA UDEC

«La distancia entre la Luna y nuestras calles no es tan grande como parece. Para llegar allá arriba, miles de personas tuvieron que confiar unas en otras, corregirse y documentar cada paso.»

En estos días en que la humanidad vuelve a viajar a la Luna, uno no puede evitar sentir una mezcla de asombro y desconcierto. Asombro, porque cada vez que cooperamos a gran escala demostramos una capacidad impresionante para coordinar talento, ciencia, recursos y esperanza.

Desconcierto, porque esa misma especie capaz de enviar naves a cientos de miles de kilómetros también es capaz de amenazar con destruir civilizaciones completas, destruir ciudades, romper comunidades y desatar guerras que nadie puede ganar.

Pareciera que habitamos dos mundos simultáneos: uno que se eleva y otro que se hunde.

Lo inquietante es que estos fenómenos, aunque parezcan lejanos, no son ajenos a nuestra vida diaria. No son solo titulares internacionales ni imágenes que vemos desde la comodidad del sillón.

La lógica que permite que un país invada a otro es la misma que, en miniatura, se activa cuando tratamos al vecino como un obstáculo, al colega como un rival o al desconocido como un estorbo. La violencia no empieza con un misil: empieza con una renuncia a la empatía.

La cooperación, en cambio, tampoco comienza en los laboratorios de la Nasa ni en los acuerdos multilaterales. Comienza cuando cedemos el paso en una esquina, cuando escuchamos antes de responder, cuando aceptamos que el otro puede tener una convicción distinta sin que eso amenace nuestra identidad. Comienza cuando discutimos de fútbol sin convertirlo en una guerra santa, cuando hablamos de religión sin pretender convertir al otro, cuando debatimos política sin reducir al interlocutor a una caricatura.

La distancia entre la Luna y nuestras calles no es tan grande como parece. Para llegar allá arriba, miles de personas tuvieron que confiar unas en otras, corregirse, documentar cada paso, asumir errores sin destruirse mutuamente.

Para destruirnos, en cambio, basta con dejar de ver humanidad en quien piensa distinto. La historia demuestra que la cooperación es lenta, exigente y frágil; la violencia, en cambio, es rápida, barata y tentadora.

Quizás por eso estos contrastes nos interpelan tanto. Porque sabemos, aunque no siempre lo admitamos, que la convivencia cotidiana es un laboratorio moral donde ensayamos -o boicoteamos- las mismas dinámicas que luego escalan a nivel global. Si no somos capaces de convivir en un estacionamiento, ¿cómo vamos a convivir en un planeta?

La pregunta, entonces, no es por qué el mundo es capaz de lo mejor y de lo peor al mismo tiempo. La pregunta es qué parte de ese mundo estamos alimentando cada día.

No podemos decidir el rumbo de las potencias, pero sí podemos decidir el tono de nuestras conversaciones, la forma en que tratamos a quien nos contradice, la paciencia que ofrecemos en un día difícil. La Luna nos recuerda lo que podemos lograr juntos; las guerras, lo que perdemos cuando dejamos de intentarlo.

Entre ambos extremos se juega nuestra vida cotidiana. Y ahí, en ese espacio pequeño pero decisivo, cada gesto cuenta.

 

 

Dr. Claudio Parés Bengoechea, Facultad Ciencias Económicas y, Administrativas, Universidad de Concepción.

Columna opinión de El Sur, viernes 10 de abril 2026