Ser atento y estar atento | FACEA UDEC

«Estuvimos atentos a lo que ocurría en Lirquén, Florida y Ñuble, y surgieron valiosas formas de ayuda: centros de acopio, donaciones, cuadrillas espontáneas. Pero hubo que restringir el paso a la zona de catástrofe»

Cuando niño, solían enseñarnos a «ser atentos». «Dele el asiento a la señora», «ayude al caballero», «recoja eso que se le cayó a la tía… sea atento». Era signo de buena educación reconocer los problemas de los demás y ayudar a resolverlos.

«Estar atento» es otra cosa. Significa reconocer oportunidades o amenazas para reaccionar. Aunque es condición necesaria para «ser atento», no implica preocuparse por lo que le ocurre a los demás.

Lo vemos en detalles cotidianos, como que ya nadie retorna el carro del supermercado a su lugar. Antes había espacios para dejarlos; hoy casi no existen porque los supermercados terminaron contratando «carreros» que recorren los estacionamientos moviendo filas de carros. El sistema se adaptó a nuestra falta de atención hacia lo común.

También lo vimos estas semanas. Estuvimos atentos a lo que ocurría en Lirquén, Florida y Ñuble, y surgieron valiosas formas de ayuda: centros de acopio, donaciones, cuadrillas espontáneas. Pero hubo que restringir el paso a la zona de catástrofe porque muchos vehículos mal estacionados impedían el trabajo de las máquinas que despejaban y reconstruían. La buena intención de quienes estaban atentos se vio empañada por detalles que alguien que fuera realmente atento no habría pasado por alto.

Ese mismo patrón se repite cuando pasamos de lo cotidiano y lo urgente a lo estructural. Cuando se discutió la reforma a la ley de pensiones, un punto que parecía muy importante era que el cargo adicional fuera pagado por el empleador. Esa diferencia tiene pocas consecuencias prácticas: el efecto en la actividad económica y en el nivel de empleo es casi el mismo, independiente de que la nueva cotización se cargue a uno u otro. Y, aunque se discutieron los efectos de mediano y largo plazo por parte de los ministerios y agencias, parecía que en el debate cotidiano solo nos preocupaba cómo nos afectaría a nosotros, no a la sociedad como un todo.

Hoy ocurre algo parecido con la propuesta de reforzar la ley que obliga a las empresas a contratar a un 85% de connacionales. Esa norma fue escrita hace cuatro décadas, cuando la inmigración no superaba el 1%; hoy la población migrante en edad de trabajar sobrepasa el 12% y sigue creciendo. Mantener esa restricción podría generar distorsiones importantes en sectores donde la mano de obra migrante ya es esencial. Justo cuando necesitamos mercados laborales más flexibles y eficientes, añadir una barrera por nacionalidad solo entorpece nuestro desarrollo. Ser atentos, en este caso, exige mirar más allá de temores o resquemores políticos.

Tal vez el desafío de estos años no sea aprender a «estar más atentos» a noticias, ofertas o amenazas, sino reaprender a «ser atentos» con quienes comparten la sociedad con nosotros. Ser atentos es más difícil que estar atentos, pero es lo que permite que una comunidad funcione. No es un gesto blando: es una decisión política cotidiana. Pensar el bien común antes que la ventaja inmediata es, en el fondo, la forma más adulta de atención.

 

Dr. Claudio Parés Bengoechea, Facultad Ciencias Económicas y, Administrativas, Universidad de Concepción.

Columna opinión de El Sur, viernes 30 de enero 2026