«Si ganar la lotería revoluciona la vida de una persona; descubrir un yacimiento, la de un país, y una revolución tecnológica, la de un imperio, la IA podría hacerlo para toda la humanidad, a escala inaudita.»

Nauru se hizo rica vendiendo fosfato. Muy rica. Tan rica que dejó de producir buena parte de su comida y empezó a importarla, hasta terminar con una de las poblaciones más obesas del planeta. Noruega también encontró un yacimiento enorme, esta vez de petróleo. Pero en vez de gastárselo, lo guardó en un gigantesco fondo soberano.
Dos países se sacaron la lotería. Uno la guardó para sus nietos. El otro se la comió. Lo mismo ocurre con quienes ganan una lotería que les cambia la vida: unos compran yates, otros montan un negocio y otros pasan más tiempo con la familia y menos en el trabajo. Alguno lo donaría; otro lo gastaría en una estupidez monumental. Al fin y al cabo, la plata no trae instrucciones.
Toda la economía gira alrededor del «problema económico»: queremos hacer muchas cosas, pero no tenemos recursos para hacerlas todas. Ganarse la lotería es, pues, aflojar el cinturón de la escasez y ampliar radicalmente nuestras opciones. El foco pasa de la restricción (lo posible) a los fines (lo deseable).
Las nuevas tecnologías también aflojan ese cinturón: con los mismos recursos obtenemos más. Más trigo por hectárea, más pan por tonelada de trigo. O podemos hacer cosas antes impensables, como el tren a vapor que puso en marcha la Revolución Industrial.
Pero si ganar la lotería revoluciona la vida de una persona, descubrir un yacimiento la de un país y una revolución tecnológica la de un imperio, la inteligencia artificial podría hacerlo para toda la humanidad, a una escala y velocidad inauditas.
Una gran extinción deja ecosistemas llenos de espacios vacíos que las especies supervivientes se apresuran a ocupar. Con la IA podría ocurrir algo parecido: formas enteras de organización se volverán obsoletas, dejando espacios en todas las áreas de actividad humana para nuevas formas en las que la IA tendrá un papel crucial.
Y, como en las otras loterías, al relajarse nuestras restricciones los fines adquieren protagonismo. De hecho eso ya está ocurriendo en el campo de los autos autónomos, que tendrán que decidir qué hacer en situaciones donde todas las alternativas sean malas. Es el famoso dilema del tranvía -¿sacrificar a uno para salvar a cinco?-, pero ahora la respuesta no queda en un paper filosófico, sino en las líneas de código del coche. Ya no es un experimento mental: tiene consecuencias reales medidas en vidas humanas.
Pero hete aquí el problema: ¿qué instrucciones deberíamos codificar, si ni los filósofos se ponen de acuerdo? Porque evidentemente no podemos decirle a una máquina qué queremos que haga si ni nosotros mismos sabemos qué queremos.
El apretado cinturón de la escasez había mantenido esta discusión sobre los fines en segundo plano: lo urgente era decidir cómo hacer las cosas más rápido, más barato y mejor. Pero la IA va a expandir de tal forma los medios disponibles que estas disquisiciones se volverán irrelevantes y pondrá en la palestra en cambio la pregunta de «para qué.»
Y aquí conviene recordar una frase atribuida a Lincoln: «si quieres saber cómo es realmente una persona, dale poder». Hoy la IA representa un poder inmenso que está a punto de quedar en manos de la humanidad y cambiar para siempre nuestra vida como especie, tal como la lotería cambia la de una persona o un nuevo yacimiento la de un país.
|
Dr. Miguel Sanchez Villalba, Facultad Ciencias Económicas y, Administrativas, Universidad de Concepción. Columna opinión de El Sur, Viernes 14 de agosto de 2026 |



Comentarios recientes