«La promesa de este experimento – que más tranquilidad financiera fomentaría el emprendimiento y la creatividad- no se cumplió. No se «agrandó el pastel», sino el consumo.»
«Si la inteligencia artificial volverá obsoletos a muchos trabajadores, ¿cómo sobrevivirán esas personas?», se preguntó hace unos diez años Sam Altman, CEO de OpenAI.
Su propuesta fue una Renta Universal Incondicional (RUI), un «sueldo» mensual que no exige contraprestación, y para evaluarla Altman organizó un experimento que duró tres años, incluyó a 3,000 personas y costó alrededor de 60 millones de dólares. La premisa era optimista: con un colchón financiero, la ansiedad caería y la gente se volcaría a emprender, formarse y crear -en suma-, a aumentar el tamaño del pastel productivo.
Lo que ocurrió fue distinto: miles de cheques pagados, menos ansiedad, sí, pero poco más. No sólo los emprendimientos y cursos de formación fueron pocos, sino que se concentraron en el último año del experimento, cuando caló en los participantes que el flujo de dinero se interrumpiría pronto y habría que reemplazarlo de alguna forma. En un esquema permanente, en cambio, ese estímulo desaparecería. Asimismo, la oferta de trabajo entre los beneficiarios cayó en comparación con los del grupo de control (1,3 horas de trabajo menos a la semana). Si el subsidio fuese la única fuente de ingreso, se podría esperar una caída aún mayor.
¿A alguien le sorprende esto? Seguramente que no. Aunque esperables, los pocos y tardíos emprendimientos encienden las alarmas sobre la efectividad del programa. En efecto, si en vez de una RUI temporaria como en el experimento se implementara una permanente, no habría «efecto de último periodo» porque -simplemente- no habría un periodo final. Así, la pregunta de Altman («sin miedo a no tener para comer, la gente ¿se dedicaría a jugar videojuegos, o a innovar y formarse?»), parece responderse más por la cínica primera opción que por la romántica segunda alternativa.
Tampoco el efecto sobre el trabajo es inesperado, puesto que el dinero del experimento es un sustituto del ingreso laboral pero no exige esfuerzo. Más aún, el efecto observado subestima lo que ocurriría con una RUI en la que la transferencia sustituyera la totalidad del ingreso laboral (no parcialmente como en el experimento). Es más, se correría el riesgo de provocar lo que la literatura denomina «trampa de la pobreza»: una situación donde, mientras más ayuda se recibe (mayor es el importe de la RUI), más dependiente se vuelve el beneficiario de la «mano generosa» (¿y arbitraria?) de quien lo financia -sea una multinacional como OpenAI o un estado nacional-. Y de la dependencia económica a la política hay un paso…
La promesa de este experimento – que más tranquilidad financiera fomentaría el emprendimiento y la creatividad- no se cumplió. No se «agrandó el pastel», sino el consumo. Es como la historia de los alumnos que, cuando el profesor les dejó elegir cómo calcular sus notas, votaron por repartirlas por igual: en el primer certamen todos aprueban, pero mientras los que no estudiaron celebran, los que estudiaron rezongan; y para el segundo certamen nadie se esfuerza, la nota media cae y la clase reprueba en bloque. La igualdad prometida se convierte en igualdad de mínimos. Así también con la RUI: miles de cheques igualitarios no cambian los incentivos. Se igualará, sí… pero para abajo. Seremos todos iguales… iguales de pobres.
Dr. Miguel Sanchez Villalba, Facultad Ciencias Económicas y, Administrativas, Universidad de Concepción. Columna opinión de El Sur, Viernes 29 de agosto de 2025 |
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