«Cuando uno está convencido de poseer una verdad evidente, el discrepante deja de parecer genuinamente equivocado para volverse deliberadamente malicioso. Ya no merece ayuda, sino escarmiento.»

Pocas cosas generan tanto consenso como burlarse de un terraplanista. La Tierra es redonda; él no lo ve y nosotros nos reímos. Su error no solo se corrige: se disfruta.
Y ahí asoma algo menos inocente y más profundo. Porque cuando uno está convencido de poseer una verdad evidente, el discrepante deja de parecer genuinamente equivocado para volverse deliberadamente malicioso. Ya no merece ayuda, sino escarmiento. Una «ira virtuosa», que justifique castigar al otro con la tranquilidad de creer que se lo hace «por su propio bien». Que desde el púlpito moral llama pedagogía a lo que, sin incienso, sería simple saña.
Curiosa generosidad: hacer daño sin siquiera ensuciarse las manos. Porque a veces basta con acusar, y que sea la autoridad quien ejecute la sanción. Así pues, no es la corrección sufriente del padre ante el error del hijo, sino la delación de un hermano que disfruta el castigo del otro.
Más de uno podrá decir que esto es solo una rareza de internet, una diversión menor. Pero no lo es: las costumbres que prosperan en un ambiente suelen extenderse a otros similares. Y lo que hoy se reserva al terraplanista mañana se aplica al discrepante en política o valores. Entonces el desacuerdo -que bien usado sirve para hacer competir ideas, detectar errores y mejorar respuestas- se vuelve un mecanismo para identificar enemigos a los cuales vituperar en persona o «destruir» virtualmente.
Pero esta escalada de conflictos no nos sale barata. Porque una sociedad no avanza sin un mínimo de coordinación. Ojo: no es imprescindible que haya unanimidad de criterios y objetivos, pero sí suficiente cohesión para no convertir cualquier proyecto conjunto -desde mantener limpios los espacios comunes hasta colonizar Marte- en un ring de boxeo. El debate bienintencionado y civilizado es necesario; la guerra civil permanente no.
En este punto, vale la pena preguntarse: ¿por qué ahora? Ese impulso a pontificar y señalar a otros desde un pedestal no es nuevo, pero la tecnología lo exacerba: nunca fue tan barato castigar a distancia. Las redes permiten vilipendiar a alguien en la otra punta del mundo antes del desayuno, y además vuelven rentable el escarnio: más ruido, más seguidores, más aplausos de la tribu.
¿Y entonces? ¿Qué se puede hacer al respecto? Lo primero, no caer en la receta pueril de que todos «seamos más buenos,» como si fuese tan fácil como chasquear los dedos. No. Aunque claramente es deseable, el amor universal no es imprescindible. Es más fácil cambiar incentivos que reeducar mentes. Y bastante más rápido. Por ello, si la tecnología abarató el castigo, pues habrá que volver a encarecerlo. Hacer que discrepar honestamente no salga más caro que autocensurarse.
Y es aquí donde volver al caso del comienzo puede darnos una pista: porque la ciencia aprendió a «domesticar el desacuerdo» mediante el cotejo de evidencia, el reconocimiento de la expertise y la revisión por pares de los resultados. La plaza digital, en cambio, suele premiar la condena instantánea. Pero ese «dislike», ese comentario ridiculizante u ofensivo, esa cancelación, puede ser la «droga de entrada» a un vicio mucho más serio. Porque cuando castigar es barato, florecen los verdugos, prosperan los soplones y el resto aprende a callar. Y la historia conoce demasiado bien ese sombrío paisaje. Y lo que le sigue.
|
Dr. Miguel Sanchez Villalba, Facultad Ciencias Económicas y, Administrativas, Universidad de Concepción. Columna opinión de El Sur, Viernes 24 de abril de 2026 |



Comentarios recientes