La solidaridad también se gestiona | FACEA UDEC

«Gestionar la solidaridad no significa frenar el impulso de ayudar ni burocratizar la empatía, sino implica darle dirección, sentido y efectividad. Las necesidades de una comunidad cambian rápidamente.»

Las tragedias provocadas por los incendios forestales que afectaron recientemente a la Región del Biobío han vuelto a poner de manifiesto una de las mejores cualidades de nuestra sociedad: la solidaridad.

Personas, organizaciones, empresas, instituciones públicas y comunidades completas se movilizan rápidamente para ayudar a quienes han perdido viviendas, fuentes de trabajo y, en algunos casos, a sus seres queridos. Esta reacción habla bien de nosotros como sociedad, sin embargo, junto con valorar ese impulso genuino es necesario plantear una reflexión incómoda pero urgente, menos emocional y más estratégica: la solidaridad por sí sola no basta, para ser realmente útil necesita ser gestionada, de lo contrario puede transformarse en un nuevo problema en lugar de una solución.

En contextos de emergencia la urgencia emocional suele imponerse a la planificación, «ayudar siempre es mejor que no ayudar» y puede parecer suficiente, no obstante, la experiencia demuestra que la ayuda descoordinada, tardía o mal dirigida genera efectos no deseados: donaciones que no responden a las necesidades reales, acumulación de insumos imposibles de distribuir, saturación de voluntarios sin tareas claras o, incluso, congestión logística en zonas críticas que reciben múltiples apoyos mientras otras quedan invisibilizadas.

En esos casos, la buena intención deja de aliviar el problema y termina produciendo frustración, desgaste y pérdida de recursos valiosos.

Gestionar la solidaridad no significa frenar el impulso de ayudar ni burocratizar la empatía, por el contrario, implica darle dirección, sentido y efectividad. Las necesidades de una comunidad cambian rápidamente: lo que es urgente en los primeros días no es necesariamente lo prioritario semanas después, cuando emergen desafíos asociados a la reconstrucción, la salud mental, la reactivación económica o el restablecimiento de la vida comunitaria. Una solidaridad efectiva es aquella que sabe adaptarse a estos ciclos. No todos los afectados requieren el mismo tipo de apoyo ni en la misma magnitud, esto exige información, diagnóstico y coordinación, tres elementos que suelen estar ausentes cuando la ayuda se organiza únicamente desde la buena voluntad individual.

Cuando el Estado, las organizaciones sociales, el mundo privado y la ciudadanía actúan de forma aislada, se duplican esfuerzos y se desperdician recursos. En cambio, cuando existe coordinación la solidaridad se transforma en una verdadera capacidad colectiva de respuesta; la gestión en este sentido no reemplaza la solidaridad, la potencia.

En un país acostumbrado a convivir con catástrofes, insistir en la importancia de gestionar la solidaridad no es un lujo académico ni una crítica moral, es una necesidad práctica. Los recursos siempre son limitados y el dolor de las personas afectadas exige respuestas que realmente contribuyan a su recuperación, no solo a tranquilizar conciencias. Las tragedias nos interpelan emocionalmente, pero también nos desafían como sociedad organizada. Si queremos que la solidaridad sea una verdadera herramienta de reconstrucción y no una respuesta impulsiva que se diluye en el tiempo, debemos asumir que gestionar la solidaridad no es un acto frío ni burocrático, sino una forma madura y efectiva de cuidar a quienes más lo necesitan.

 

Michelle Tobar Ramírez, Facultad Ciencias Económicas y, Administrativas, Universidad de Concepción.

Columna opinión de El Sur, viernes 06 de febrero 2026