«Es importante considerar que el aumento del precio de las gasolinas es un «impuesto» al consumo, al encarecerlo y un «impuesto» a la producción y por lo tanto genera efectos contractivos.»

Al igual que 2022 con el inicio de la guerra de Rusia y Ucrania, durante marzo de este año hemos sido testigos de los horrores de este conflicto en el Medio Oriente, pérdida de vidas humanas, destrucción de sus ciudades e infraestructura, así como también la suspensión por parte de Irán del paso de los barcos por el estrecho de Hormuz, con el petróleo que necesita el mundo y que representa el 20% de la producción mundial.
Junto a esto, debemos incluir la potencial destrucción de la infraestructura petrolera de los países del golfo. Los mercados han reaccionado en forma inmediata con alzas significativas del precio del petróleo llegando sobre los US$ 100 el barril de crudo. Esto también se ha traducido en alzas importantes en el precio del gas en el mercado internacional, afectando tanto a países desarrollados como en vías de desarrollo.
Chile, economía pequeña, abierta al mundo y con alto grado de dependencia e importador de combustibles, no queda exento de esos impactos y ya el gobierno anunció alzas históricas en el precio de la gasolina y el diésel en $370 y $580, respectivamente.
Hay una creciente preocupación en la opinión pública y los expertos por el impacto inflacionario que tendrían estas alzas y su efecto en la población, lo que resulta aún un análisis prematuro sin saber la duración y magnitud de estas alzas. Los efectos de este nuevo shock petrolero impactarán en forma importante y directa a varios rubros, especialmente el transporte, la calefacción y todo aquello que se valora en UF, incluyendo los créditos bancarios, y en forma indirecta, los costos de otros productos y artículos que son sensibles a los costos de la energía y el transporte.
Esta dinámica de alzas en los precios y costos deberían presionar al alza los IPC mensual y la inflación del segundo trimestre del año, por sobre la meta del Banco Central de 3% y más cercana al 4% pero en forma transitoria. Es esperable, como la experiencia lo indica, que los precios de las gasolinas retornen a sus valores de tendencia, lo que implicaría que la inflación debería retornar a su objetivo de mediano plazo en la segunda mitad del año, dependiendo de la duración y potenciales efectos latentes.
Si observamos cómo fue la experiencia de 2022, cuando el precio llegó a UD$ 120 dólares el barril, este shock fue aún más significativo que otros episodios como los shocks petroleros de 1973-1974 con la guerra de Yom Kipur, 1979-1980 con revolución iraní y durante la guerra del Golfo Pérsico de 1990-1991, la inflación comenzó su retorno hacia su objetivo de largo plazo en un contexto post pandemia.
También es importante considerar que el aumento del precio de las gasolinas es un «impuesto» al consumo, al encarecerlo, y un «impuesto» a la producción, y por lo tanto genera efectos contractivos. En otras palabras, afectó los precios en forma inmediata, pero reduce o desacelera de actividad económica. La teoría económica y la evidencia de otros episodios similares en el pasado nos muestra que este efecto de costos (shock de oferta) genera estanflación. En este fenómeno coinciden el estancamiento económico, la inflación y un alto desempleo si son persistentes. Es importante evaluar la duración y la magnitud de los efectos de esta guerra sobre todo en la capacidad productiva de hidrocarburos en esa zona del mundo y no sobre reaccionar a estos potenciales efectos. No debemos olvidar que los mercados tienden a la irracionalidad e irrealidad más allá de lo que verdaderamente debería ocurrir.
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Dr. Iván E. Araya Gómez, Facultad Ciencias Económicas y, Administrativas, Universidad de Concepción. Columna opinión de El Sur, Viernes 27 de marzo de 2026 |



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