«Es muy probable que con el paso de los años se valore a Greenspan con la honestidad intelectual que merece y se reconozcan sus contribuciones sin exculpar sus fallos por acción u omisión.»

Alan Greenspan fue una figura central de la política económica mundial durante casi dos décadas al frente de la Reserva Federal de EE.UU.. Su gestión dejó una era de estabilidad relativa y crecimiento sostenido que muchos recuerdan con gratitud. Al mismo tiempo, su legado estará marcado por decisiones y convicciones que alimentaron profundas críticas y que terminaron por convertirlo en un personaje tan admirado como cuestionado alrededor del mundo.
Entre sus aciertos se cuentan la contención de la inflación en periodos difíciles y su capacidad de respuesta ante episodios agudos de pánico financiero. Su influencia sobre las expectativas de los mercados y su habilidad para interpretar datos macroeconómicos contribuyeron a que la economía estadounidense disfrutara de expansiones prolongadas, lo cual aumentó su prestigio y reconocimiento a nivel internacional. Por tal motivo, muchos economistas y responsables de política monetaria reconocen que Greenspan aportó estabilidad y credibilidad en momentos en que la incertidumbre podía haber sido mucho mayor.
Por otra parte, las sombras de su legado estarán vinculadas a una fe ciega y persistente en la autorregulación de los mercados y a una supervisión que resultó insuficiente frente a la complejidad de los nuevos escenarios mundiales. Estos reparos se centraron en su papel en la desregulación que precedió a la crisis subprime, y en errores de juicio sobre riesgos sistémicos. Greenspan no fue inmune a la autocrítica. En entrevistas y escritos admitió a lo largo de los años que los modelos económicos no siempre captaban adecuadamente la dinámica de euforia y pánico que él llamó «Animal Spirits». En su testimonio ante el Congreso en 2008, Greenspan reconoció que había cometido un error al confiar en la autorregulación de los mercados y admitió que su modelo para entender el comportamiento financiero tenía fallos; también describió la crisis como el colapso del sistema de una magnitud inesperada que por momentos paralizó a los mercados.
Esa autocrítica, honesta y necesaria, no exime su responsabilidad por décadas de políticas y señales públicas que favorecieron la desregulación y contribuyeron a la acumulación de riesgos; más bien, la convierte en un elemento central para evaluar su legado como un gestor eficaz en crisis puntuales pero cuya visión teórica y práctica dejó consecuencias que la teoría económica aún debe internalizar.
El balance final exige matices. Greenspan no fue ni un genio infalible ni un villano. Fue un actor humano con grandes aciertos y con errores de juicio que tuvieron consecuencias sociales y económicas profundas. Su figura enseña que la política económica requiere humildad epistemológica y que los modelos macroeconómicos son útiles, pero no infalibles. También nos recuerda que la estabilidad financiera necesita reglas claras y supervisión efectiva que reconozca la propensión humana a la euforia y al pánico ante ciertas señales de los mercados que, de no ser reconocidas a tiempo, podrían ocasionar una nueva crisis financiera a nivel global.
Es probable que con el paso de los años se valore a Greenspan con la honestidad intelectual que merece y se reconozcan sus contribuciones sin exculpar sus fallos por acción u omisión. Aprender de su legado significa también tomar conciencia de disponer de instituciones financieras sólidas que operen dentro de un marco regulatorio que permita sostener el crecimiento económico. Es la mejor manera de honrar su trayectoria.
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Francisco Sepúlveda Laurence, Facultad Ciencias Económicas y Administrativas, Universidad de Concepción. Columna opinión de El Sur, Viernes 26 de junio 2026 |



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