Confianza: la base del crecimiento en la actividad | FACEA UDEC

» Recuperar inversión y empleo exige articular empresas, trabajadores, universidades, comunidades, municipios y organismos públicos. La mayor dificultad es que la confianza no se decreta.»

El Producto Interno Bruto (PIB) de la Región del Biobío y el país volvió a contraerse el segundo trimestre de este año. Así lo anunció este miércoles el Banco Central, por lo que la atención sigue puesta en las medidas para incrementar la actividad económica y el crecimiento.

Hay un aspecto que no se ha abordado explícitamente, un atributo que está presente al relacionarnos, que facilita o dificulta la posibilidad de llegar a acuerdos, el emprender acciones colectivas y que se transforma en un activo que no aparece en las cuentas nacionales: la confianza.

La actividad económica se basa en el intercambio y, por lo tanto, en actos cotidianos de confianza. Compramos porque esperamos recibir lo prometido; contratamos porque suponemos que la otra parte cumplirá; invertimos porque confiamos en cierta estabilidad de las reglas. Asumimos que la otra parte no se comportará de manera oportunista, buscando obtener una ventaja «anormal» a partir de esa relación. Cuando la confianza escasea, necesitamos más verificaciones, garantías, controles y contratos más detallados. El alcanzar acuerdos se vuelve más lento, complejo y caro. Por ello la confianza tiene un impacto clave en la actividad y el Banco Interamericano de Desarrollo ha advertido que la baja confianza afecta la inversión, la innovación y el emprendimiento.

Chile tiene razones para estar preocupado en torno a este tema. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde), a fines de 2025 solo un 26% de los chilenos declaraba confianza alta o moderadamente alta en el gobierno nacional, y apenas un 20% en la administración pública, el nivel más bajo entre países de esta organización, cuyo promedio es 45%.

La discusión en torno al crecimiento se ha concentrado en aumentar la inversión, elevar la productividad y acortar los plazos de los proyectos. Pero quizás miramos los engranajes sin atender a la fuente de energía y al lubricante que permite que funcionen: la confianza.

El debate sobre la llamada «permisología» es un buen ejemplo. Un sistema que multiplica trámites, demora las inversiones y no da certeza sobre plazos ni criterios tiene un costo económico evidente. Modernizarlo es necesario. Pero sería un error pensar que la confianza se recupera simplemente eliminando controles. Las comunidades necesitan confiar en que los proyectos respetarán ciertos estándares; los inversionistas, en que las reglas serán claras; y todos, en que el Estado aplicará criterios consistentes y no favorecerá comportamientos oportunistas.

 

Recuperar inversión y empleo exige articular empresas, trabajadores, universidades, comunidades, municipios y organismos públicos. La mayor dificultad es que la confianza no se decreta. Se acumula lentamente cuando las instituciones cumplen, son transparentes y respetan las diferentes miradas; las empresas responden por sus compromisos, las autoridades respetan los acuerdos y los nuevos liderazgos son capaces de mejorar lo recibido sin comenzar siempre desde cero.

Por lo tanto, frente a cada decisión destinada a impulsar el crecimiento deberíamos hacernos una pregunta adicional: ¿estamos construyendo confianza? Una sociedad que confía es más cohesionada: colabora, invierte y construye; una que desconfía gasta cada vez más energía en protegerse de sí misma. La confianza también es capital, aunque no lo contabilicemos.

 

 

 

 

 

 

Dr. Miguel Ángel Quiroga Suazo Facultad Ciencias Económicas y, Administrativas, Universidad de Concepción.

Columna opinión de El Sur, Viernes 25 de septiembre de 2026