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Son muchas las organizaciones que hoy capitalizan los beneficios del buen humor laboral, demostrando que es posible tomarse las cosas con seriedad

La palabra trabajo deriva de «tripalium», un yugo hecho con tres palos en el que se amarraba a los esclavos para azotarlos y que no escaparan. O sea, un instrumento de tortura. Si le añadimos alguna concepción religiosa relacionada al castigo divino de «ganarse el pan con el sudor de su frente», el panorama sobre la concepción del trabajo como algo agradable, se complica aún más. Entonces ¿podemos estar de buen humor cuando trabajamos?
Según la antigua medicina hipocrática, la armonía interior y el equilibrio psicofísico del hombre dependía de cuatro elementos líquidos del organismo, los humores: la bilis negra y la amarilla, la flema y la sangre. Si alguno predominaba daba lugar a temperamentos o caracteres fundamentales: el melancólico, triste y negativo; el colérico, con emociones fuertes; el flemático por su indiferencia, pereza y lentitud; y el sanguíneo, por su sociabilidad y alegría. Ante estas variaciones la conducta humana también lo hacía; es decir, se producía un cambio de humor. Con predominio de la sangre se tendría un humor rojo, con el de la flema un humor blanco y con el de la bilis un humor negro o amarillo, según el caso. El equilibrio entre ellos proporcionaría un estado saludable, eucracia, o buen humor; de no ocurrir esto, se estaría en un estado de mal humor.
Hoy, el sentido del humor se asocia con el lado agradable de las emociones, con la jovialidad y la agudeza, con la buena disposición personal para hacer las cosas, con las buenas relaciones y más con una actitud equilibrada para enfrentar un problema que con la aptitud objetiva para resolverlo.
Muchas organizaciones han comprendido que ambientes que favorezcan el equilibrio entre los humores pueden generar espacios para la espontaneidad y creatividad, elementos que constituyen excelentes herramientas para mejoras en la productividad y en el clima laboral. Tampoco es casual que estudios serios concluyan que en ambientes laborales de «buen humor» se disminuye el estrés, se mejora la motivación, se estimula la imaginación, se favorece la comunicación, se logra y mantiene alta la autoestima de los trabajadores, se propicia el optimismo y se reducen los temores derivados del trabajo. Estudios médicos señalan que un minuto de risa equivale a unos cuarenta y cinco de relajación; que una buena risa mueve más de cuatrocientos músculos; que reír libera endorfinas, un sedante natural del cerebro que tiene efectos analgésicos; que la risa estimula el funcionamiento del bazo, elimina varias toxinas, limpia y lubrica los ojos, despeja las fosas nasales y los oídos, colabora con la digestión y reduce los ácidos grasos. Pero, un adulto parece tener temor de estar contento, perdiendo gran parte de los beneficios señalados. ¿Por qué? Porque lo más probable es que cuando niño le dijeron: «la risa abunda en la boca de los tontos».
La idea de promover el humor en la empresa no significa asumir con superficialidad las responsabilidades, compromisos, tareas o relaciones con los demás. Se trata de observar en positivo lo cotidiano, de restar dramatismo a las situaciones, de equilibrar las expectativas, de aprender a reírnos de nosotros mismos, pero sin dejar de percibir la seriedad de nuestra labor. No significa andar riéndose del resto, contando chistes ni tampoco lo que conocemos como «chacoteo», que es la primera palabra a la que recurren ciertas personas, los «graves», que ven lo serio en las cosas que nada tienen de serio. Sin embargo, son muchas las organizaciones que hoy capitalizan los beneficios del buen humor laboral. Se puede ser serio y tener sentido del humor, o sea lograr el equilibrio. Por ello: «sonría, estamos trabajando.»