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No podemos comprar bienes que no han sido producidos. Tampoco podemos recibir pensiones si no aportamos a algún sistema que las distribuya

Nada se pierde, todo se transforma. La canción de Jorge Drexler sirve para ilustrar una idea que solemos olvidar en economía: la ley de conservación de la materia. De nada sirve tener dinero en nuestros bolsillos si no hay bienes que comprar. Tampoco es posible consumir bienes que no han sido producidos.

Y es que, aunque tenemos claro que «echar a andar la máquina de imprimir billetes» sin respaldo seguramente generará inflación, la ley de conservación de la materia se aplica igual de bien cuando hablamos de gastar recursos fiscales, retirar masivamente fondos de pensiones o del sistema de pensiones en sí mismo.

El sistema de AFP, más que un sistema de pensiones es un vehículo que permitió aumentar el nivel de ahorro en la economía chilena y canalizarlo como inversión productiva. Esa inversión permitió, durante mucho tiempo, impulsar la formación de capital y la capacidad de producir bienes en Chile.

Lamentablemente, ese impulsó se agotó. La demanda interna creció en un 90% entre 2001 y 2011 pero solo un 34% entre 2011 y 2021. El consumo se ha comportado de manera similar. Sin embargo, el flujo destinado a formación de capital creció en un 142% entre 2001 y 2011, pero solo en un 17% entre 2011 y 2021.

Sí, básicamente, dejamos de invertir. Y no ha sido producto de la pandemia ni de la crisis social. Este fenómeno se arrastra desde hace diez años. Tampoco tiene que ver con una falla en el sistema de pensiones, pero desmantelarlo no resuelve nada.

Y es que insistir en inyectar recursos a la demanda rebotará en una economía que lleva una década sin generar capacidad productiva. Entonces, habremos reducido nuestros ahorros y aumentado la deuda fiscal solo para pagar más caro por los mismos bienes. A diferencia de lo que ocurrió hace un año, la economía chilena ya no tiene holguras y el impacto de un nuevo impulso a la demanda no será el mismo.

Tampoco tiene mucho sentido insistir en el fin de las AFP a punta retiros y de aumentar el pilar solidario. Y es que, como «nada se pierde, todo se transforma», para entregar las mismas pensiones que entrega el actual sistema, será necesario recaudar el mismo 10% de los salarios desde algún otro bolsillo. Y para aumentarlas, necesitaremos una fuente adicional de recursos. La deuda necesita que alguien ahorre esos recursos y, al final, tendremos que asumirla entre todos. Porque las arcas fiscales son los recursos de todos nosotros.

Podemos discutir si es que estamos aportando o recibiendo de manera justa a esos recursos, o preguntarnos si efectivamente «cada uno da lo que recibe y luego recibe lo que da» (como también dice Drexler), pero al final del día seguiremos hablando de una cantidad limitada de recursos.

No podemos comprar bienes que no han sido producidos. No podemos recibir pensiones si no aportamos a algún sistema que las distribuya. No podemos esperar que el Estado se transforme en una institución mágica que provee bienes y servicios públicos a partir de la nada. Tampoco podemos confiar en que cobrar impuestos a los ricos («tax the rich») será suficiente. Todos queremos un sistema más justo, pero necesitamos partir por ser realistas y entender que la economía funciona en el mundo real y solo es capaz de crear riqueza a partir de los recursos naturales y del trabajo de todos y cada uno de nosotros.