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«Nos toca elegir a quienes se harán cargo de administrar (en parte) esa Justicia. Es nuestra responsabilidad subir el nivel de la discusión y exigir nuevos estándares».

Aunque hay una canción de los «Auténticos Decadantes» con este nombre, cuando pienso en piratas recuerdo más la película de «Los Piratas del Caribe», en la que una novata Elizabeth Swann intenta negociar con el capitán Héctor Barbosa y termina atrapada en las trampas de este último por no aclarar completamente los términos de sus acuerdos. La «letra chica» se transforma en motor de la historia.

A dos días de las elecciones, el lector ya adivina a qué me refiero. Las promesas y razones de los primeros candidatos y luego autoridades tienen mucho que ver con resquicios argumentales utilizados para justificar lo injustificable. Esa necesidad de ponerlo todo por escrito y crear leyes para cada cosa nos hace olvidar el espíritu de lo que necesitamos.

Cuando un candidato alega «persecución política» si un adversario denuncia sus malas prácticas, o cuando una autoridad rasga vestiduras por la «estabilidad política» cuando lo acusan por haber estado involucrado en prácticas reñidas con el cargo que ostenta, están desviando el tema de lo principal y esgrimiendo argumentos que no justifican su conducta. Una historia tan antigua como la política misma.

Tampoco es novedoso que los partidarios acérrimos validen los argumentos de sus líderes. Lo que sí me parece novedoso es que estamos usando la letra chica en demasiadas decisiones. Unos empujan por desarticular nuestro (horrible) sistema de pensiones usando un resquicio constitucional, otros proponen perdonazos masivos de deudas en educación, indultos por razones humanitarias para quienes han violado derechos humanos o quienes han destruido la ciudad. Cada uno con argumentos que no se sostienen en lo principal: la justicia.

Porque no es justo que un sistema de seguridad social solo sirva para algunos y no para todos, pero tampoco es justo que los que aportan mucho reciban lo mismo que quienes no aportan nada. No es justo que gente destruya lo que es de todos, pero tampoco es justo que la policía castigue gente aleatoriamente en una manifestación y que haya detenidos sin veredicto por meses o años. No es justo que quienes accedieron a la educación superior y se comprometieron a pagar por ello terminen no pagando. No es justo para los que sí pagaron y tampoco es justo para los que, responsablemente, renunciaron a su sueño sabiendo que no podrían pagar después. No es justo que haya candidatos inflando gastos en campaña para recibir grandes devoluciones porque la política no debería ser un negocio, pero cuando incluso el Presidente se niega a dejar su riqueza en un fideicomiso ciego y abre la puerta a que se cuestione cualquiera de sus decisiones por conflictos de interés, el estándar para todos es demasiado bajo.

Y es que la Justicia, así, con mayúscula, es dar a cada quien lo que le es debido. No lo que merece porque, al fin y al cabo, nadie merece heredar un patrimonio de 20 millones de dólares y nadie merece crecer en el Sename. Sin embargo, todos merecemos vivir con dignidad. Y eso sí le debemos como sociedad a cada persona que vive en nuestro país.
Este domingo nos toca elegir a quienes se harán cargo de administrar (en parte) esa Justicia. Es nuestra responsabilidad (y no del resto) subir el nivel de la discusión y exigir nuevos estándares de calidad a quienes quieran gobernarnos.

Claudio Parés Bengoechea, Facultad Ciencias Económicas y, Administrativas, Universidad de Concepción,-